Repetidas veces escuchamos decir «parece un niño caprichoso» o «está como una niña caprichosa«. Es evidente que esta frase está dirigida a un adulto. Y lo de caprichoso, para entendernos todos, quiere decir que hace, exige o pide lo que quiere, sin tener en cuenta el contexto o la situación. Como algo que quieren imponer con la única razón de su propio interés o apetencia. Esa frase ahora también se usa en la política para quienes en lugar de seguir lo que propusieron, hacen «lo que quieren».
Nuestro interés es por las niñeces, que ya bastante tienen con ser la franja social que vive mayoritariamente en la pobreza e indigencia. Pero ¿es verdad que los niños son los únicos caprichosos? ¿O al expresarnos así olvidamos y ocultamos que la mayoría de las veces provienen de los adultos? Y los adultos, al revés que los niños, ¿no tienen a su favor más años de aprendizaje?
Comprender que no todo es para mí y que el otro no es como yo quiero que sea supone importantes frustraciones. Pero la buena y necesaria educación debe incluir la consideración por lo propio y lo ajeno.
«Está como una niña caprichosa«. Esta expresión y las que hemos nombrado anteriormente, no solo hacen referencia al acto de un adulto haciendo capricho sino de manifestar negativamente, responsabilizar y generalizar que solo son les niñes quienes hacen caprichos. ¿Y los adultos? ¿Qué ha pasado con ellos?
Además el «capricho» no tiene porqué ser perjudicial. Cada quien conoce lo que necesita o requiere. El hecho de ser una demanda egoísta no quiere decir que no sea legítima. Eso termina por aclararlo las circunstancias y el contexto.
Pensándolo un poco más: ¿no lo habrán aprendido en algún lado? ¿No será una actitud que los adultos validan?
¿Y el poder? ¿Qué poder tienen los niños para imponerse? Hay una película delirante de Werner Herzog, donde todos los actores se comportan de una manera «caprichosa» sin argumentos que justifiquen. Una sociedad de caprichosos sería el caos. Algo de lo que estamos muy lejos en la actualidad… ¡Cuac!
En cambio los adultos tenemos otro poder y, claro está, una responsabilidad sobre ellos (les niñes). A diferencia de otros integrantes del reino animal, nuestra especie tiene una prolongada etapa de desarrollo hasta lograr la mínima autonomía. Una etapa de cuidados al principio de nuestra vida humana incluye la educación.
Una educación busca (o debería buscar) transmitir conocimientos de generación en generación, para que las personas puedan vivir más o menos dignamente. Así se transmite la cultura, palabra que alcanza a todas las actividades del ser humano y que incluye la alimentación, el conocimiento de la vida y la prevención de los peligros.
Si es así, todas las decisiones que tomemos y que los involucran deberían tenerlos en cuenta. Al menos deberíamos hacer el esfuerzo de dudar de nosotros mismos para deternos un momento a preguntarnos sobre la pertinencia o no de lo que vayamos a hacer. Eso sería un obrar no-caprichoso. Algo de eso podría entenderse como «interés superior del niño«.
Por eso, encontrar soluciones para los problemas que aquejan a este grupo de edad debe partir principalmente de reconocer la necesidad de conocer sus opiniones y necesidades. O en todo caso, de no alarmarse cuando recibimos como respuesta un «no me gusta». Tal vez sea esa la raíz misma de los problemas que se quieran resolver.
Entonces lo que visto de esta forma parece un capricho, termina dado vuelta. El capricho del niño muestra la desconsideración del adulto por su voluntad, el interés o la necesidad de niño o la niña.
Quien no ha escuchado que se diga a un niño: «Ahora no se puede ir al baño», «ese tema no es momento de explicarlo», «a mí eso no me importa» «Hagan silencio».
Esto nos devuelve a la observación que ya ha hecho Claudio Jonas: «Se agrede para combatir la agresión, se subordina para defender la libertad, se avasalla para exigir respeto, se coarta la naturaleza para que no se desvíe, se imponen caprichos para evitar caprichos, se instituyen formalidades para evitar desamores, se descalifica el verdadero sentir para conseguir buenos sentimientos».

















