SUBRAHMANYAM, Sanjay. ¿Deberíamos universalizar la historia? «Entre derivas nacionalistas e identitarias». Fondo de Cultura Económica, Chile, 2024, ps. 81.
Es indudable que vivimos una época marcada por la reanimación, revivimiento o nueva oleada de los nacionalismos. Alguien podría objetar que las naciones nunca habían desaparecido ni sus miembros renunciaron a pertenecer a ellas. Es cierto, pero desde mediados de los 1960 y aún más luego de la caída del muro de Berlín, que demostró el colapso de la experiencia soviética-comunista, se creyó, se difundió y apostó por el relajamiento de las fronteras y las identidades locales. En su reemplazo, la globalización, la identidad global pasó a ser considerada la nueva forma política en la que los países debían acoplarse, formando incluso bloques regionales de los cuales la Unión Europea es su categórico ejemplo.
Actualmente somos testigos de lo inverso: el colapso de la política global, la recomposición del poder nacional y el renovado auge de los nacionalismos. Y con ellos un nuevo y ferviente interés por la historia, aunque deberíamos decir «historias». ¿Pero cómo son y qué suponen estos nacionalismos? Porque en ellos el Estado cumple un rol de primer orden, así como el grupo que ocupa el poder, el gobierno. Y resulta también interesante considerar cómo la historia, esta vez como disciplina, cumple un rol marcado por el compás institucional, ya sea público o privada.
Estos temas atraviesan el libro del indio Sanjay Subrahmanyam, editado por Fondo de Cultura Económica, y que además de ser una lectura corta reviste un sumo interés tanto para aquellos que practican la disciplina como para quienes son aficionados o se sirven de ella auxiliarmente.
El texto es polifacético, atractivo por plantear cruces y puentes entre el pasado y el presente, y por ofrecer comparaciones entre diferentes geografías. Quizás dicho así alguien tuviera la impresión que se trata de un texto erudito. Y no, es fresco, ambicioso y claro, sin ser categórico. A la vez que confronta a la historia con un problema de grado mayúsculo: ¿a quién le sirve?

No menos interesante es la mirada que el autor propone acerca de su país y el diálogo que éste ha entablado con su pasado. Con un caso sencillo y acotado, puede hacernos ver cómo en un mismo espacio geográfico hay diferentes narrativas de la historia, y cómo aquello que se va construyendo y que se considera «la historia» puede tener que ver con el proceso de formación de una identidad impulsado por determinado grupo.
Ahora, esto no supone un juicio a los nacionalismos, pero sí ofrece una travesía corta acerca de cómo los historiadores y su forma de narrar la historia se vinculó con el pasado colonial. Esta travesía no sólo abarca a la India, Brasil, Argentina, sino también a los propios historiadores europeos y sus tradiciones.
Plantea también cómo entre la identidad y a historia que se ofrece o se enseña, se produce una indiferencia, por ejemplo de los jóvenes. Sin embargo, hay elementos que demuestran que para otros grupos sociales, algunos institucionalmente poderosos se da lo contrario, una obsesión sobre la historia. Este es el contrapunto que el autor describe entre Gruncinsky y Hunt. Otro fuerte del libro: ofrecer una panorámica historiográfica.
Otro valor radica en poner en relación a la historia con la gente, con las personas comunes. Así, por ejemplo las posturas ahistóricas y antihistóricas que analiza. Esto involucra a la posibilidad de vivir una vida sin hacer reflexiones históricas sobre el pasado reciente, incluso ignorando cuestiones básicas o tomando datos inexactos o totalmente erróneos por ciertos. Incluso cuando éstos hayan participado satisfactoriamente del «sistema educativo».
Escribe: «Un porcentaje significativo de los votantes estadounidenses (quizás hasta dos tercios) en las elecciones de 2004 aparentemente creían que los atentados contra las torres gemelas de Nueva York en septiembre de 2001 habían sido montados por el régimen iraquí, y no se habían molestado en informarse, mínimamente de los materiales empíricos fácilmente disponibles«.
También hay un repaso acerca de cómo ciertas actitudes escepticistas y conocidas como «neoescepticismo» en la actualidad consideran a la historia como una narrativa comparable a la de la ficción, allí dice el autor citando a Carlo Ginzburg, puede indentificarse el ambiente donde se formaron las fakes news.
Por último «el problema de por qué se estudia historia suele ir demasiado vinculada a la de quién la estudia y qué se estudia. Tal vez no debería ser así, pero en realidad los historiadores toman a menudo decisiones de por qué, qué y quién en el mismo momento«. Esto da justamente en cómo se hace la historia y en cómo la objetividad de la historia puede ser de dudosa procedencia si no se atiende a los procesos y mecanismos institucionales.
Para el autor hay también un nacionalismo metodológico, y propone diversos escenarios que sirven para analizar cómo pueden ser y de hecho son direccionados los estudios en instituciones consideradas con el más alto status académico, ya que en ellas el financiamiento proveniente de donantes y de la administración pública influye en las decisiones de los investigadores o incluso en su designación.
En suma, un libro que se sale del molde y puede ponerlo a uno a pensar más allá de un falso antagonismo entre universalismo y nacionalismo. Necesario para abrir perspectivas en el pensamiento de una época que puede tener a acorralar y simplificar los debates.
Esta recomendación es una interpretación de mi lectura personal y que busco compartir con el objeto de promover la lectura sobre temas que le puedan resultar de interés.
Si desea contactarme o conseguir el libro davidchecho@gmail.com


















