Tener un trabajo ya no garantiza llegar a fin de mes. Es la idea central de una nota de opinión que nos envió Mariela Torres, estudiante avanzada de Trabajo Social, sobre un fenómeno que atraviesa a cada vez más familias: el de quienes están empleados y, aun así, no logran cubrir sus gastos básicos.
Torres plantea que esta “nueva pobreza” no se parece a la que suele representarse en el imaginario colectivo, asociada a la falta de empleo. Se trata, dice, de personas con un trabajo formal o informal que de todas formas quedan por debajo de lo que necesitan para vivir — una situación que, lejos de ser excepcional, se volvió parte de la vida cotidiana de buena parte de la sociedad.
La mirada que propone no se queda solo en lo económico. Para la autora, esta forma de pobreza también deja marcas en los vínculos: en cómo se organiza una familia cuando el ingreso no alcanza, en el tiempo y la energía que quedan disponibles para sostener relaciones, y en las oportunidades concretas que se les abren —o se les cierran— a los más jóvenes. Torres pone el foco en particular en los adolescentes, que crecen en hogares donde el trabajo de los adultos no se traduce en la estabilidad que debería darles, y que ven reducidas sus posibilidades de proyectar un futuro distinto.
Es una invitación a correr el eje de la discusión: no alcanza con mirar si alguien tiene o no un empleo para saber si está en una situación de pobreza. Hay que mirar también qué tipo de trabajo, en qué condiciones, y qué efectos reales tiene —o no— sobre la vida de una familia entera.
Adjuntamos artículo completo:
Fuente: nota de opinión de Mariela Torres, estudiante avanzada de Trabajo Social, enviada a La Posta.
















