Por David Chiecchio
Aunque son indudables las ventajas de vivir en democracia, no todos tienen la posibilidad de elegir. Una opinión que se desparrama últimamente dice que los jóvenes tenderían a preferir figuras públicas y estéticas autoritarias. Los que opinan así creen que no han aprendido nada de lo que se les enseña.
Si la educación implica el desarrollo de ciertos valores y actitudes, identificar cuáles son esos valores nos permitirá saber a quién o quienes servirá la forma de educar elegida. Y si con ellos estamos promoviendo o no la democracia.
Hace largo tiempo sabemos que se aprende más haciendo, experimentando, probando, riendo que con lecciones y tediosos ejercicios. Por lo tanto,los que educamos no solo enseñamos contenidos, sino actitudes, ejemplos de cómo actuar y cómo proceder. Por eso, en la formación de la personalidad todo cuenta, dicho de otra forma, todo educa.
Echemos una mirada que analice las prácticas cotidianas, que contemple las relaciones entre quienes intervienen en la educación, y también, en la escolarización. Algunas preguntas nos asaltan inmediatamente: ¿no sería conveniente aplicar el método democrático en todas ellas? ¿Por qué el niño debe obedecer y aceptar todo lo que proponen los adultos, sin posibilidad de discutirlo? ¿Nosotros sabemos escuchar y pensar sobre sus opiniones? ¿No deberían poder opinar sobre «su» propia educación?
Existen clases, materias, cursos, libros, exámenes acerca de cómo funcionan las elecciones, los parlamentos, la justicia, las leyes. Todas ellas vienen de arriba, de los que conducen las instituciones (sea la familia, la escuela u otras) pero no existe generalmente igual opción con «lo que viene de abajo». Si preguntáramos con cuál sentido (de arriba hacia abajo, o de abajo hacia arriba) identificamos la democracia, no hay duda que su característica más importante es la de hacer viajar las deciciones de «abajo hacia arriba».
Identificar aprendizaje con obediencia es un equívoco. Desde esa mirada ingenua, solo es posible aprender cuando se siguen órdenes, cuando se expulsa al razonamiento. Y las únicas decisiones a tomar son las que toman quienes me dan órdenes. Todo aquello que no repita o se condiga con «lo que viene de arriba», aunque se trate de la propia realidad, será visto como una interferencia para la enseñanza.
Esta enseñanza no produce aprendizajes que sirvan a los que se están educando. Para aprender a pensar hay que tener una disposición diferente: aceptar que cada vez que aparezca una opinión, una anécdota, un problema, melentendido, diferencia o malestar hay una oportunidad única para aprender si se deja intervenir el diálogo y activamos la escucha. No importa si pasó en la plaza, en el patio de la escuela, en el hogar.
Un ámbito educativo es el que acepta la expresión, que ofrece momentos de dialogo para las preocupaciones, para esos acontecimientos, preguntas, dudas que, aunque parezcan mínimos, encadenado unos con otros forman nuestra vida y dan posibilidades de aprender.
Vista así, la convivencia y la vida cotidiana son una excelente plataforma de aprendizaje democrático. Porque permite al sujeto ser como es, le ofrece un tiempo para comprender diferencias y aprender a construir acuerdos.
Responderle con desinterés, o peor aún, descalificar a los hijos, a los estudiantes o aprendices cuando se expresan, pedirles violentamente silencio, es lo que impide el aprendizaje porque instala el miedo, hiere al sujeto y torna aburrido lo que puede ser una experiencia entusiasmante.
En un ámbito que sea educativo, las opiniones e intereses de los niños no son un obstáculo para aprender, sino que lo potencian y producen. Quizás sean un obstáculo para la enseñanza obligatoria de lo que el programa, los cursos o las planificaciones establecen.
Si queremos promover el gusto por el conocimiento y por la vida en democracia, entonces tendremos que preguntarnos de qué forma obtendremos mejores resultados. Hace años el eminente Jean Piaget propuso una solución simple y concreta para quienes se preocupan de que los jóvenes valoren el funcionamiento del sistema institucional. Dice Piaget:
«¿Cuál es el mejor método para hacer de un escolar un futuro buen ciudadano (de su país, sin hablar todavía del mundo)? ¿Consiste acaso en darle simplemente, durante cierta cantidad de horas al año, un cursos sistemático de ‘instrucción cívica’ describiéndole paso a paso los distintos engranajes de las instituciones nacionales que le dejan aún relativamente indiferente, a pesar de la elocuencia o buena voluntad del maestro? ¿O consiste en injertar una enseñanza de este tipo en unas experiencias de autogobierno en la escuela, de tal manera que el niño que sabe por experiencia qué es un comité ejecutivo, una asamblea de deliberación y un tribunal, llegue a interesarse por unas instituciones análogas a una escala que no conseguiría imaginar sin dichas analogías?» (PIAGET, J. ¿A donde va la educación?, p. 71.)
Aquel hogar, taller, ciudad, familia, institución o escuela donde se tomen las decisiones y se traten los problemas entre todos los actores involucrados da lugar a un verdadero aprendizaje, que beneficia no solo a los niños, sino a toda la comunidad que esté involucrada. Y más: hace surgir alternativas novedosas, nuevas respuestas para estas situaciones, y esto es fruto de la propia experiencia que ha sido pensada, reflexionada, problematizada, dialogada.
No sólo existen experiencias de este tipo, sino que son recomendadas y aprobadas por las normas educativas de los sistemas escolares obligatorios. Es el caso del llamado «acuerdo áulico«: un conjunto de normas que deben crear el docente y los estudiantes en el marco de los años escolares. En mi familia, en otras que conozco o los niños que asisten a los talleres, en todos se narra la misma experiencia con estos «acuerdos». En la práctica el docente transforma la celebración de un acuerdo en la imposición de una lista de normas que las comunica diciendo «así es como nos manejaremos». Oportunidad desperdiciada.
Entre otras cosas en estos mal llamados «acuerdos» se encuentran disposiciones como: no se podrá ir al baño en hora de clase, no se puede comer ni beber en ella, habrá pruebas, lecciones, trabajos prácticos, el docente pondrá castigos como perder el recreo, tareas en casa, en los recreos no se puede correr, lecciones semanales, permanecer sentado, etcétera. Se copian en la primera hoja y listo, bienvenidos al año escolar. ¿En qué se parece a un acuerdo? ¿Estará de acuerdo el cuerpo en que no lo dejen ir al baño cuando lo necesite?
Es necesario, para promover una verdadera educación, que se estimule el pensamiento en cada una de estas oportunidades en un diálogo entre los involucrados, sin apuros. Dando espacios que permitan jugar libremente, ejercitar el debate, expresarse en el diversos lenguajes, formar opiniones, descubrir lo que me gusta, descartar lo que no, comparar alternativas, aprender de los errores y entrenarse en el difícil arte de la resolución de problemas.
Esto no solo es recomendado por la ciencia, sino que lo demanda nuestra propia realidad: las instituciones necesitan terminar el aburrimiento y el desánimo que inunda a los niños y jóvenes. Que los niños y jóvenes participen de las decisiones que se tomen parece un excelente camino, o al menos es una alternativa que las puede sacar de esa muerte lenta y vuelvan a tener una vida y diversión.
Yo creo que si construyeramos ámbitos educativos de este tipo, todos participarían de su educación gustosamente. ¿Vos qué opinás? Te invito a escribirme si querés a mi correo: davidchecho@gmail.com

















